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Dom, Marzo 2019 09:56 AM

Noticias de opinión

Editorial

La crisis política, económica y social que sufren los venezolanos se amplía y profundiza cada día.

Sin solución de continuidad, los medios de comunicación muestran los enfrentamientos internos entre los partidarios del gobierno que encabeza el presidente Nicolás Maduro y los opositores al régimen chavista. 

Ya no se trata de una discusión política entre dos modelos económicos o sociales. El debate ideológico es propio de cualquier sistema democrático. Los disensos entre partidos o sectores no lo debilitan. Por el contrario, pueden fortalecerlo, si los conflictos se resuelven o, por lo menos, se gestionan mediante la búsqueda de consensos mínimos. 

Sin embargo, durante los últimos años, los desencuentros entre el oficialismo gobernante y sus contrincantes han puesto al hermano país a las puertas de una crisis humanitaria, con heridos y muertos en las calles, con hambre y penuria en las barriadas populares. No hace falta ser chavista o antichavista para apreciar una realidad que es contundente.

El presidente Nicolás Maduro fue elegido por el voto popular. De eso no se puede dudar. Su llegada al poder fue la consecuencia de una decisión mayoritaria de los venezolanos. Sin embargo, la realidad actual demuestra que su gestión presidencial no ha sido capaz de asegurar una convivencia pacífica y una salida institucional.

La “revolución bolivariana” que otrora puso en marcha el fallecido Hugo Chávez, sumó muchas voluntades a favor, dentro y fuera de Venezuela. El carisma del líder y la situación de la economía mundial hicieron posible una época de crecimiento económico y de progresos sociales que mejoraron la calidad de vida de los sectores más necesitados de aquel país. 

La prédica chavista se hizo oír en los más importantes foros internacionales de América latina y del mundo, denunciando los abusos de las políticas económicas y sociales del neoliberalismo y proclamando la unidad latinoamericana como condición indispensable para un desarrollo independiente. 

Sin embargo, el chavismo, como tantos otros movimientos populares que han surgido a lo largo de la historia latinoamericana, se ha mostrado incapaz de sobrevivir a su fundador. Maduro, el sucesor elegido por el mismo Chávez, cayó en la tentación de un populismo nacionalista de barricada, desperdiciando la oportunidad de ser una alternativa democrática en serio.

Solamente el diálogo político podrá impedir un golpe de Estado o una guerra civil con impredecibles consecuencias para un pueblo dividido y castigado. Argentina puede y debe ayudar para que ese diálogo sea posible. Es una responsabilidad tanto de gobernantes como de opositores. Sería una vergüenza que semejante tragedia sea parte de la campaña electoral.

 

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